Cuando la ostra pasa por el horno
Voy a hacerles una confesión: para mí, la mejor manera de comer una ostra es cruda, recién abierta, con un chorrito de limón o un toque de mignonette. Nada supera la pureza de ese sabor. Pero también soy la primera en reconocer que la ostra caliente es una maravilla, capaz de seducir incluso a quienes no se atreven a comerla cruda.
La cocción transforma la ostra. Pierde un poco de su lado salvaje, pero gana en dulzura y en placer. Es otra forma de amarla.
Ostras gratinadas con Champagne
Esta es mi receta de fiesta, la que preparo en Nochevieja cuando quiero sorprender a mis invitados.
El secreto: no cocinar demasiado. La ostra debe quedar fundente en el centro.
Ostras Rockefeller
Esta receta clásica estadounidense data de 1899 y sigue siendo un gran clásico. Mi versión mediterránea:
El Pastis en lugar del anís tradicional es mi pequeño guiño al Sur de Francia.
Ostras escalfadas con crema y puerros
Una receta suave y reconfortante, perfecta para las noches de invierno.
Lo importante es no hervir nunca las ostras — se volverían gomosas.
Ostras con mantequilla de ajo
La más sencilla y quizás la más adictiva:
La cocción, sí, pero con respeto
Cocinar una ostra es como cocinar un pescado noble: requiere delicadeza. Demasiada cocción mata el sabor. Unos minutos bastan para transformar la ostra sin desnaturalizarla.
Mis reglas de oro para las ostras calientes:
Y si después de todo esto, siguen prefiriendo comerlas crudas con una copa de Picpoul… ¡les entiendo perfectamente!


